Hace unos días, conversando con un matrimonio muy interesante que conocí en El Rompecabezas de la vida (un curso espectacular, que recomiendo) les conté que mi pasión en la vida es tejer, y me contaron que sus hijos estudian en colegios con pedagogía Waldorf, donde aprender a tejer viene antes que aprender a escribir o a sumar y restar.
Quedé muy sorprendida y me dediqué a buscar información. No es novedad que el tejido tiene muchas bondades para nuestro cerebro, pero no imaginé que aprender esta habilidad fuera un punto tan importante en colegios de tan alto nivel como los que aplican la pedagogía Waldorf.
Surgió la búsqueda
Así fue que llegué a una interesante entrevista que Margarita Cuéllar Barona le hizo a Luz Elena Marulanda, maestra de la asignatura Manualidades, en un colegio de este tipo.
“No tenemos manualidades para hacer cosas lindas, objetos para decorar o cosas para montar una exposición, sino que tenemos, a través de ese hacer, una multiplicidad de competencias a desarrollar en niños y niñas. El hacer con las manos forja la voluntad, la capacidad de desarrollar un pensar ordenado y metódico y los niños pueden palpar los resultados”, dice la docente en la nota.
Y agregó una frase con la que habría que hacer remeras: “Aprenden que el error puede ser adornado o que definitivamente tenemos que vivir el proceso de frustración, de deshacerlo todo y volver a empezar”.
Dejar la idea de que aprender a tejer es para viejos
Dedicarle tiempo a esa tarea es, para muchos, una actividad de abuelas. Y, de hecho, nos pasa a muchas tejedoras que recibimos chistes o burlas por definirnos como tales. Pero nada más lejano, tejer es activar el cerebro y es estar en el momento presente, tejer es mindfullness con agujas.
Volviendo a la pedagogía Waldorf, la maestra cuenta en la entrevista que “ya a los 9 y 10 años se empieza a bordar, se van agudizando las capacidades y el punto se va volviendo un puntito pequeño, viene de grande (en el tejer) y se va enfocando (en el bordar); así como el pensar”.
“Ya cuando se llega al bachillerato se trabaja algo casi milimétrico, tejemos en telar con una lanzadera que pasa y avanza milímetro a milímetro. Entonces, esos primeros años, aprendemos a tejer en dos agujas y a tejer en crochet, luego bordamos y luego volvemos a tejer, pero ya con cinco agujas y hacemos un gorro en lana para cubrirse la cabeza. Luego cosemos muñecas y luego, en séptimo grado, se borda otra vez. Tejer es muy fuerte en los primeros años porque el movimiento del tejido es un movimiento armonioso. Cuando se avanza de grado se van trabajando más las fuerzas del pensar, entonces así mismo se van haciendo más complejos los trabajos”, agrega.
No sé ustedes, pero yo quedé maravillada.

Cuando iba a la escuela, aquí en Uruguay, tenía clase de manualidades, y si bien las disfrutaba, ahora me doy cuenta de que no tenían un objetivo superior de conexión o de enseñanza para la vida. Aquella maestra nos decía que esto estaba bien o mal, nos rezongaba si algo quedaba torcido. No podíamos disfrutar del error, del hacer de nuevo, de descubrir y descubrirnos al mismo tiempo.
“El movimiento ágil, preciso, ordenado de los dedos y manos, permite el desarrollo de un pensamiento también ágil, preciso, ordenado y creativo”, dice la página de un colegio Waldorf de Uruguay, y me encanta.
Otro de los objetivos que persigue que los niños puedan aprender a tejer es que aprendan a asignar una tarea diferente a cada mano, estableciendo lo que se llama “lateralidad”, y logrando un control desde el principio, un grado de control sobre su voluntad.

