Tejer, armar puzzles, cuidar plantas… la vuelta a los hobbies lentos no es moda, es necesidad

Flores tejidas a crochet. Ilustra artículo sobre la vuelta de los hobbies lentos.

Hay algo que está pasando y que vale la pena mirar de cerca: los hobbies lentos ganan terreno. Cada vez más personas —jóvenes, no tan jóvenes, millennials que ya pasamos los cuarenta— estamos eligiendo pasar el tiempo libre de una manera que nuestros abuelos reconocerían perfectamente: tejiendo, cultivando plantas, yendo a clases de arreglos florales, armando puzzles un sábado de noche sin culpa ninguna.

La prensa internacional lo llama «grannycore» y lo presenta como una tendencia de la Generación Z. Pero la realidad es más amplia y más interesante que eso.

Los números no mienten

En un artículo que publicó The Economist informa, según datos de Eventbrite (una plataforma global de eventos) que las actividades como el tejido, la cocina artesanal y el bingo están en crecimiento sostenido. En el Reino Unido, la asistencia a clases de arreglos florales casi se cuadruplicó entre 2023 y 2025.

En Estados Unidos, los torneos de puzzles crecieron dos veces y media. Y el avistamiento de aves pasó de tener 60.000 participantes jóvenes en el Reino Unido en 2018 a más de 450.000 hoy.

Me encantaría tener datos de Uruguay, porque estoy segura de que estos encuentros offline han crecido también de modo exponencial. Prometo buscarlos. Y como dice The Economist, no son datos de una generación específica, son datos de una época.

Tejido a crochet. Ovillo y agujas. Ilustra artículo sobre la vuelta de los hobbies lentos.
Tejido a crochet. Ovillo y agujas.

No es nostalgia, es saturación

Los psicólogos tienen un nombre para ese anhelo de experiencias: anemoia, la nostalgia por un tiempo que no viviste pero que imaginás más tranquilo.

En un contexto de pantallas permanentes, notificaciones infinitas y una cultura que premia la productividad y la hiperconectividad, tiene todo el sentido que algo en nosotros empiece a buscar el contrapeso.

También es cierto que los que ya peinamos canas vivimos esos tiempos del offline y ¡era precioso! Al menos a mí me encantaría volver ahí.

Pero bueno, lo lindo es que ahora ese contrapeso que traen los hobbies lentos y que están descubriendo los más jóvenes (y redescubriendo los más grandes), en muchos casos tiene forma de aguja de crochet.

Hobbies lentos no es lo mismo que aburridos

Lo que tienen en común estos hobbies es que requieren presencia. No podés tejer pensando en otra cosa. No podés armar un puzzle mientras hacés scroll en Instagram o te sacás fotos. Son actividades que, casi sin que te des cuenta, te sacan del modo automático y te meten en algo parecido al flujo —ese estado en el que el tiempo pasa distinto y la mente descansa de verdad.

De hecho, hay evidencia de esto. The Economist menciona a Self-Care One Stitch at a Time, un programa desarrollado por psicólogos que documenta los beneficios terapéuticos del tejido y destaca que mejora la concentración, reduce la ansiedad y genera una sensación de logro concreta y tangible.

Tambien habla de grupos como London Creative Gals, en Londres, que se reúnen semanalmente a bordar, pintar cerámica o hacer manualidades. El 90% de las asistentes llega sola, buscando conectar con otras personas en un entorno donde la conversación es pausada y no hay que gritar por encima de la música, ni emborracharse para pasarla bien.

De este lado del mundo también está pasando esto y cada vez más. Quizá no tomamos la real dimensión de esta movida, pero está presente.

Lo que nuestras abuelas ya sabían

Hay algo un poco irónico en todo esto: durante décadas, las actividades manuales y lentas fueron vistas como señal de falta de ambición o de modernidad. Hoy las estamos redescubriendo como antídoto a exactamente ese exceso de modernidad.

No se trata de romantizar el pasado ni de vivir desconectado del mundo. Se trata de entender que el descanso real no siempre viene del sofá y Netflix, sino de hacer algo con las manos, de estar en el cuerpo, de crear algo —aunque sea un cuadrado de tejido imperfecto— que antes no existía.

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